Primeras líneas de Octubre

Es cierto, he dejado de escribir. Sin embargo, no fue por malas razones. Estuve participando con un poco más de empeño en un proyecto colectivo con el que colaboro desde principio de año.

Hoy, por ejemplo, modifiqué un poco el sitio para que se pueda acceder de manera un poco más sencilla a los escritos de cada una de las personas que compartió su poema, su cuento, su reseña en el blog.

Unos días atrás, colaboré con una nueva sección que se titula “¿Por qué escribir?”. Creo que todos tenemos una opinión al respecto y, si bien la idea de la sección es invitar a quien no escribe a hacerlo, pienso que todos escribimos todo el tiempo. Me pregunto, entonces, ¿a qué llamamos escribir? y ¿por qué en ocasiones valoramos más una de las formas de esa práctica general?

Sé que en mi participación no logré exponer la idea de manera tan clara como aquí. Quizás, insisto, es porque la intención de la sección es otra.

Por otra parte, pocos minutos después de que termine de escribir estas líneas, publicarán en el sitio algunos poemas que escribí unos años atrás. De alguna forma, creo que cuentan una historia. No sé si gustarán o no, pero recuerdo que disfruté bastante el escribirlos.

Dejo, para el eventual lector de estas primeras líneas de octubre un enlace a esos poemas. Espero que, si no detuviste tu lectura y llegaste hasta este punto del escrito, puedas continuar tu lectura de esos poemas.

Perfect Blue – Septiembre

​No sé qué es “Perfect Blue”. Hoy vi una imagen con ese epígrafe, traduje “tristeza perfecta”.

​Pensé: se puede escribir un poema con esa idea. El desamor que termina siendo la tristeza perfecta. O, incluso, el amor desde el punto de vista de quien lo siento, pero no puede experimentarlo de forma plena.

​También podría ser un relato: un hombre siente que sólo el recuerdo del ser amado puede afectarlo. Dos amenazas siguen vigentes: por un lado, su hija, que todas las tardes llega del colegio a recordarle que algo falta en la dinámica familiar, que todos los días sonríe para demostrarle que el mundo continúa; por otra, el temor a olvidarse de esos momentos de peleas, de gritos, de “¡¿quién dejó la luz prendida?!”, la certeza de que en la memoria sólo quedarán prendidos los momentos felices, con el resultado consecuente de pensar que la plena felicidad ha quedado atrás y de que se vive en el más pleno de los absurdos.